Mi chispa lectora

Recordar exactamente cuál fue el primer libro que leí me resulta, ahora, algo muy complicado de hacer. No puedo decir con certeza cómo fue que empecé a leer, ni qué me atrajo sobre los libros en primer lugar. Sin embargo, estoy segura de que, desde siempre, me he visto rodeada de infinidad de libros.

Mi padre es una persona muy estudiosa y mi mayor modelo en cuanto al hábito de leer. Puedo asegurar que él fue el primero que nos permitió, a mis hermanos y a mí, en primer lugar, acercarnos a los libros, y en segundo, ver en ellos una fuente de entretenimiento y conocimiento vasto.

Cuando comencé a leer, todavía no asistía a la escuela. Así me fue posible no verlo como un castigo o una labor más: pude gozar de la lectura sin sus connotaciones negativas. Cuando me inicié como lectora, fue a través de compilaciones de cuentos mayormente –recuerdo de ahí los apellidos Grimm y Wilde-, o de mitos y leyendas –mexicanos, japoneses, guatemaltecos- y adaptaciones escritas de las famosas películas animadas de Disney.

La mayoría de estos libros contenían ilustraciones y diseños muy bellos, todo parecía perfectamente planeado y pensado con cuidado. Los estilos de caricatura, que no sabría bien cómo describir, me dan nostalgia al recordarlos; hace mucho no veo libros así de bonitos.  

         Recuerdo perderme en los paisajes dibujados en las páginas, podía ver a los personajes cobrar vida y moviéndose, llevando a cabo lo que era descrito en los cuentos. Honestamente, siento que de ahí viene mi amor por lo rural y la naturaleza, y el desapego por las ciudades grandes y lo artificial. Asimismo, indudablemente las historias que leía se complementaban con lo que veía en mi casa, y después en la escuela o en otros medios, como la televisión, lo que me permitía adoptar ciertos valores o actitudes, gracias a los ejemplos presentes en mis lecturas.

Considero que, a partir de que la lectura se lleva a cabo, comienza también el desarrollo del pensamiento crítico. Cuando se nos presentan antagonistas o una situación que pone a prueba nuestra ética y moral dentro de una historia, o cuando en la vida real podemos volver a lo que leímos y comparar o cuestionarnos, ¿qué haría mi personaje favorito en este caso? ¿Por qué? ¿Qué puedo hacer yo para lograr algo similar?, es una señal de que lo leído pasa a ser algo más que una actividad temporal con un efecto momentáneo, y esto nos permite gozarla incluso después de que cerramos un libro.

         En la transición entre primaria y secundaria, me alejé un poco de los cuentos infantiles: husmeaba entre los libros de mi hermana mayor en busca de algo más, y fue como encontré Pedro Páramo, El Esclavo y El diario de Ana Frank. Fue entonces que descubrí un nuevo género, cuyo gusto permanecería hasta tiempos actuales: la novela.

         Mi prima Ana Julia, quien también es devoradora de libros, me introdujo a mis primeras lecturas de bestsellers o novelas juveniles contemporáneas, como la saga Hush Hush, la trilogía Rubí, Zafiro y Esmeralda, y libros de películas como Crepúsculo, Divergente, Los Juegos del Hambre o La Huésped.

         Descubrí que podía terminar estos libros en un par de días y empezó una especie de adicción a ellos. Honestamente, no entiendo cómo conseguía cumplir con todo en la escuela y a la vez terminar un libro de un día para otro –hace mucho no puedo hacer eso-, pero ese tipo de libros me lo permitieron y para mí era un escape del mundo real, así que acogí la actividad de leer con más pasión que nunca antes.

         Mi padre, nuevamente, comenzó a procurarme libros un poco más complejos o filosóficos. Leí a Nietzsche y a Kafka, así como a algunos historiadores, pero la verdad es que, de los textos filosóficos, no entendía su maña de hacer de algo simple como la vida algo tan complicado (ahora la habilidad de poder explicar eso sin perder el hilo ni el estilo es algo que admiro), y me aburrían mucho los temas históricos mexicanos (también esto cambió desde que entré a la carrera).

En segundo año de secundaria, recuerdo que hicimos una antología de autores hispanoamericanos: aparecía Storni, Mistral, Neruda, entre otros. Me entristece ahora que, a pesar de que fue una manera en que pudimos acercarnos, no hubo mucho éxito. ¿Qué uso tiene saber dónde vivió y cuándo murió alguien, si no me muestras algo que salió de su corazón y de su mente: su cosmogonía?

Aun así, por mi parte me interesó leer a García Márquez, y comencé a intercambiar libros con compañeros. Recuerdo a una de ellos en específico, Grecia, porque también leía mucho. Me habló y me presentó libros que me gustaron mucho por años, como El cuaderno de Maya, Trainspotting, Lolita y Pregúntale a Alicia. Ninguno de los demás que obtuve del resto de compañeros me marcó tanto como estos.

Fue a partir de aquí que descubrí que las lecturas pueden ir más allá, que puede haber algo escondido y que no son sólo algo que existe porque sí. Descubrí que los libros me cambiaban y que cambiaban conmigo. Comencé a volver a los cuentos que había leído de pequeña y noté que había algo en las historias de fantasía que me confortaban como nada en el mundo; a día de hoy, sigue siendo mi género favorito para leer y ver.

A la vez, conforme fui creciendo, fui encontrando a más personas que de igual manera tenían un fuerte lazo con la lectura, así que en vez de ser el bicho raro podíamos emocionarnos sobre algún drama o personajes, traerlos a la vida en situaciones bizarras que nos inventábamos, e incluso imaginar que teníamos un lugar entre ellos.

Haciendo fast forward hacia el final del bachillerato, durante el cual me abrí a leer un poco de todo –en serio, desde La divina comedia hasta After-, se acercaba el tiempo de decidir qué haría por los siguientes cuatro años de mi vida. Muchos no me creen, piensan que siempre pensé estudiar Literatura y “ser escritora”, pero, honestamente, ni siquiera sabía que existían los estudios literarios hasta que entré a la carrera. Al ver el currículum, supe que iba inclinado hacia la parte creativa y psicológica de las obras, pero no sabía que había teorías o que la gente hace ensayos y análisis sobre Literatura para subsistir.

Mi decisión se basó en dos cosas: qué me gusta y para qué soy buena. Al principio, pensé “leer” de manera irónica, castigándome un poco con eso. Sin embargo, cuando supe que existía una carrera que, básicamente, de eso va, creí que tal vez no era tan miserable que fuera lo único que se me venía a la mente. Además, ya había sufrido mucho durante años por cosas que, por más que quisiera, estaban más allá de mis habilidades y capacidad de concentración, como las matemáticas o la física. Así que, por eso decidí estudiar Letras.

Para mí, ser lector significa ser mil personas en una sola vida, como los actores de teatro que se ponen máscaras figurativas al entrar en escena. Es explorar mundos, espacios y tiempos en los que uno nunca ha estado. Es conocer distintos tipos de personalidades y hacerse tolerante ante ellas: respetarlas, valorarlas y llegar a amarlas. Es un viaje hacia nuestro interior que proyectamos hacia afuera. Es prepararnos para lo que viene y a la vez superar lo que nos tiene estancados. Es algo personal y único, tan inigualable como lo es la propia experiencia de vivir para todos y cada uno de nosotros.

Desde hace dos años, me he estado reconciliando con géneros, autores y obras que jamás pensé que tocaría. La poesía no estaba en mi lista, y mucho menos La Biblia. Pero, desde que entré a la carrera, descubrí que cerrarse a una de esas tres cosas es negarse a ver y conocer, es no darse una oportunidad y perderse tontamente de lo que ya existe y está para que nosotros lo contemplemos y desmenucemos.

Ahora sé que nunca habré leído demasiado, y que nunca estaré exenta de decenas de lecturas en mi lista de espera. Puede ser abrumador, pero dejo que el sentimiento de querer más me lleve mejor como un impulso: dejo que nuevamente brille la chispa en mi interior y me permito –de vez en cuando- pasar horas seguidas leyendo las letras negras sobre el papel –cuyo olor, por cierto, amo-.

Es extraño que a uno le pregunten por la clave o el secreto para enamorarse de los libros, como si realmente algo así existiera. Sí, hay prácticas para crear hábitos y agilizar el aprendizaje de algo. Sin embargo, considero que esto es como todo en la vida: nada se da si uno no actúa, si no empieza a hacer algo, al menos para ver si, por azares del destino, se altera algo en la línea de casualidades y las cosas dan resultado a su favor.

Creo que así sucede con los libros: hay que aventurarse, buscar, abrirse y simplemente entregarse, sin pensar en el resultado. La mayoría de cosas buenas pasan sin que seamos conscientes de ello, y considero que con el hábito o gusto de leer no es diferente.

         Una yo sin libros sería como un contenedor vacío. No sé qué habría en mis ojos, ni de qué manera hablaría. Los personajes que me acompañaron desde mi infancia hasta mi adolescencia y ahora en la adultez me han inspirado a ser quien soy ahora. Mis determinaciones, mi manera de ser, mi manera de sentir y de procesar cómo me siento: puedo ver literatura en todo ello.

Dejo a discusión si el mérito va a los autores, por crear mundos tan maravillosos comenzando con sólo una vacía y blanca página al inicio, o a todas las especificidades de mi contexto que me permitieron rescatar lo que rescaté de la manera que lo hice. Sea cual sea la razón, sólo sé que la influencia que han tenido en mí es como la del mejor amigo al que conoces de toda la vida y del que adoptas el lenguaje, los chistes, las formas de expresión, los gustos.

No tengo ese amigo, pero sí tengo montón de libros en su lugar. Me han ayudado y estado para mí justo de la misma manera.




Comentarios

  1. Wow, qué interesante manera de empezar a leer, nuestros inicios lectores son importantes como nuestro afán por amar esos rectángulos que llevamos para todos lados y que les damos el nombre de libros... gracias por compartir...

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